La distancia

Este post lo pensé sin siquiera haber salido de mi casa, sin recorrer un camino ni habiéndome separado de mi entorno. En la más absoluta cotidianeidad, la distancia se hizo presente. Un misterio. No sé por qué ni cómo, me puse a reflexionar sobre la distancia. Si tuviera que arriesgar un detonante, mencionaría la muerte inesperada del papá de un gran amigo. Todo ocurrió a 6 cuadras de mi casa. Y yo, en otro contexto, en otra rutina, hasta quizás en una realidad paralela, no vi, no sentí y ni siquiera imagine que la distancia más larga del universo pudiera tener apenas 600 metros.

Si existe algún poder intangible capaz de convertirnos en vulnerables, es el de la distancia. Ya sea la distancia física o la más espiritual, se nos planta y nos impone respeto y miedo; la observamos, la sentimos y a veces hasta nos seduce como un novio malo.  Es la única perspectiva que permite diferenciar lo fundamental de lo accesorio. Y en ese día de Junio, me sopapeo de lleno. La distancia más inexpugnable ocurre a quemarropa.

La distancia es la memoria involuntaria. La que te llena de recuerdos de un recorrido involuntario, un trayecto errático cargado de emociones que se ven mucho mas nítidas luego de alejarse de ellas. Es la medida que nos revela a cuánto estamos de cualquier cosa. Y es la manifestación más objetiva del afecto. Cuando no es el espacio, sino todo lo demás aquello que separa, no existe una erosión más desgarradora.

La distancia es engañosa, a veces te seduce con nombres bonitos…. La que separa la realidad del deseo se llama circunstancia. La distancia que separa lenguas de carencias, se llama duda. La distancia más larga es la que no se quiere recorrer: la de la pereza y la cobardía. La distancia más atroz es la que nos separa simple y llanamente de nosotros mismos; o también, la distancia inabarcable que separa lo que eras de lo que te has convertido.

La distancia más difícil de recorrer es la que separa lo que está en tu cabeza de lo que está en tus manos. La distancia vive en la tierra del “ojala” y resulta un poco romanticona cuando nos dilata en el limbo entre lo que está a punto de pasar y nunca pasa.

En nuestra modernidad, la distancia se mide en “toquecitos” con los dedos de una pantalla, como el código morse de un epilogo devastador: vivimos en un mundo de relaciones a distancia y de vacíos calcinos.

 

Pero también muy probablemente, la distancia sea el juez más justo a la hora de recapitular. La distancia es plantarle cara al mundo. La distancia es arriesgarse. Tener valor. La distancia separa la razón y el corazón. La distancia es tener los pies en un lado y la mente en el otro. La distancia más corta es la de un deseo valiente.

La distancia separa cuerpos, no corazones.

Y la distancia que separa los recuerdos de los deseos se llama vida.

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